En la reedición de Los nuestros Luis Harss cuenta que él mismo quiso ser Cortázar, que “esperaba reconocerme en su mirada”. No había visto ninguna foto suya, cree, así que no le ponía cara… “Y me sorprendió… Era un pelirrojo pálido, flaco, pecoso, casi lampiño”. Tenía “algo del maestro de escuela de provincia que había sido, esos maestros que de noche se escapan a ser poetas. Y algo también de ese paseante secreto de pasillos que era en la Unesco, donde trabajaba como traductor. Era de una amabilidad que ponía distancia. (…) Un expatriado de alma, que era otra manera de ser argentino”.

 

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