Como dice Harss, en ese momento ya Cortázar era “una figura en la imaginación de la gente”. Todos queríamos ser como él, hablar como él, caminar como sus personajes, y creíamos, además, que la literatura tenía otros modos de hacerse, pero que ninguno podía ser mejor que aquella que había abordado Cortázar. Nos planteábamos la literatura, como en Rayuela, y precisamente de eso habla Harss con Cortázar, como una consecuencia de la vida, y también como la vida misma, sin palabras o sólo con las palabras que escuchábamos en esos balcones oscuros en los que ocurrían acontecimientos extraños con los que nosotros soñábamos como si los viviéramos al tiempo que los contaba Cortázar. Como si a nuestra lectura sucediera el libro y éste no existiera antes de tenerlo en las manos.

 

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